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Atrás Documentación "De bestias y aves" de Pilar Adón

Del otro lado: el mundo oculto de Pilar Adón
por Juan Ángel Juristo (República de las Letras, 2022)

Quizá haya sido la mera fascinación de la unión de los dos términos, “beasts and fowls”, bestias y aves, cuyos órganos internos gustaba de comer con fruición el señor Leopold Bloom, lo que moviera a Pilar Adón (Madrid, 1971) a titular así, con referencia al capítulo cuarto de Ulises, de James Joyce, esta su última novela, una bella metáfora sobre el otro lado que a veces logra colarse en este que creemos más seguro por cotidiano y donde lo siniestro se muestra con toda su potencia originaria.

El título muestra preferencia, sin embargo, por la preeminencia del lenguaje. No es para menos: la autora no sólo es una de nuestras escritoras más celebradas en esa postura que los críticos llaman “lenguaje cuidado”, sino que posee una cualidad más importante, con ese lenguaje crea mundos donde lo que no se dice se imagina, lo que potencia la sensación dada, crece en importancia a lo que se nos presenta. Esa cualidad, rara, hizo famosa la escritura de Ernest Hemingway, y se suele poner como ejemplo de tal modo de tratar la literatura citar ese magnífico relato, “Los asesinos”, que al modo de un iceberg sólo presenta al lector una pequeña porción de lo que significa.

Nada más alejado del modo de narrar de Pilar Adón que el del autor de Fiesta pero nuestra autora se acerca en su modo de narrar a ese ocultamiento a medias, a ese dejar entrever  por los resquicios del lenguaje un mundo que se presenta más complejo de lo que aparenta. Y ese don lo mostró desde luego con aquel ya lejano libro,  Viajes inocentes, y ya con creces en Las efímeras, Las hijas de Sara o Eterno amor, un don que ha hecho de Adón una de las escritoras mejor dotadas de nuestra narrativa y dueña de un mundo que sólo a ella le pertenece.

Se dice que el jardín del Edén estaba poblado con profusión de bestias y aves, amén de  plantas, al igual que Betania, ese lugar que parece no estar en parte alguna y a donde llega Coro, una pintora que ha sentido la necesidad de coger el coche, de no llevar dinero ni teléfono móvil, sólo una maleta con fotos de su hermana ahogada, y que a punto de quedarse el coche sin gasolina y buscando donde repostar llega a esa finca, lo que hace que ese descuido adquiera categoría de destino.

En ese lugar viven una media docena de mujeres y dos niñas, un lugar que termina presentándosele a Coro como una cárcel  y a esas mujeres como sus secuestradoras hasta tal punto de que cuando llega a ese lugar el dueño del mismo, Tobías Mos, Coro cree que la rescatará de esa fascinación que la impide salir y que quedará sorprendida cuando se de cuenta de que  él se ha integrado allí sin resistencia manifiesta, lo que más tarde le ocurrirá a ella misma.

Novela de vocación eminentemente metafórica, se aleja conscientemente de toda secuela del realismo, en especial de los tipos psicológicos para derivar en una serie abstracta de personajes que representan caracteres, así, el de Missa Tita que otorga a esta caterva de personajes cierto aura legendario, como procedentes de tiempos remotos o anclados de  forma permanente en lo más profundo de nuestra alma.

Pero si tal acontece con los personajes, donde la recreación de esta atmósfera llega quizá a su culmen es en la descripción de ese paisaje pleno de bestias y aves, lo que acerca la novela a la tradición del relato gótico, que como es bien sabido, fue el género que permitió a nuestra cultura la necesaria válvula de escape para dar forma terrorífica a nuestras inquietudes.

Pilar Adón es consciente de esa tradición pero traduce con sabiduría esa inquietud próxima a lo terrorífico mediante una bella inmersión en lo elusivo, lo insinuado que es su más preciada seña de identidad. Así, hay en esta novela pasajes de inusitada belleza, como el comienzo de la novela, que me recuerda en su descripción de inocente presentación la llegada de Marion Crane al motel donde habita Norman Bates, en Psicosis, de Alfred Hitchcock y que será sacrificada en la ducha, versión moderna del agua original que lo mismo sirve para los ritos de mayo que para lavar, dejar correr pecados y terrores.

Lo inquietante, el terror derivado de esa situación de  incomunicación total, la sensación de extravío, la soledad, la impotencia…; sensaciones que le acometen a Coro al modo de la persistencia de la tortura en la tragedia griega. Una novela de enorme calidad, no por prevista menos inusitada.

Pilar Adón explora la cara siniestra de la sororidad
Por Elena Hevia (elperiodico.com, 2022)

Poco a poco y sin hacer mucho ruido, Pilar Adón (Madrid, 1971) se ha ido afianzando como una de las voces más personales y singulares del actual panorama de las letras en español. Las novelas de Adón, novelista, traductora y editora -también ha escrito relatos y poesía- se sitúan en territorios claustrofóbicos, mundos cerrados que conforman universos raros donde todo ocurre según unas reglas precisas y extrañas. Son historias que aunque parten de la realidad se resisten a ser realistas. De ahí que la presencia de la autora en el Festival 42 de géneros fantásticos en el que participó este viernes sea justificadísima.

De bestias y aves (Galaxia Gutenberg) que llega después de la muy celebrada Las efímeras tiene un punto de arranque similar al de los cuentos de hadas. Como la Alicia de Lewis Carroll o la Chihiro de Hayao Miyazaki, la protagonista, Coro, atraviesa una puerta, la de una casa aislada en el campo y deja atrás su antigua y conocida realidad urbanita (teléfono móvil incluido) donde después de haberse perdido es acogida por una extraña comunidad de mujeres. Coro, pintora, obsesiva y perfeccionista, arrastra la muerte de su hermana y una crisis personal que la ha dejado sin asideros emocionales. “Me gusta mirar las cosas desde un punto de vista lateral con ojos nuevos y que eso produzca un extrañamiento que, espero, haber propiciado en el lector”, explica en su fugaz visita a Barcelona.

Respecto a la trama, ¡ay!, casi no hace falta decir que lo que en principio podría parecer un refugio acaba convirtiéndose en una trampa preparada por esa sororidad oscura. Y Coro no conseguirá -pero tampoco querrá- salir de allí. Adón lanza pistas que adobarán los malos presagios: la casa-ratonera se llama Betania, el lugar donde la Biblia sitúa la resurrección de Lázaro o el propio título de la obra que nos presenta un paralelismo con una naturaleza dura y cruel. “La novela desarrolla la idea de cómo un individuo perdido se enfrenta a un grupo establecido, habla de cómo se van minando nuestras certezas creyendo que controlamos hasta que nos damos cuenta que no controlamos nada”.

Una habitación propia dentro de otra

La claustrofobia que encierra la acción es marca de la casa y parte consustancial de la biografía de la autora a la que siempre le ha gustado lo recoleto. “Mi madre me cuenta que de niña solía meterme debajo del escritorio de mi habitación donde hacía los deberes. Yo cubría aquel espacio con sábanas, me escondía allí con mis cosas y me pasaba horas encerrada allí”, señala alardeando que -gran lectora de Virginia Woolf- ella sí tuvo una habitación propia desde el principio, aunque se empeñara en crearse otra habitación aun más pequeña y recogida en aquel espacio.

También es consciente de que su historia va a la contra de los tiempos, en los que un 'smartphone' no te permite la vieja y enriquecedora experiencia de perderte. Asegura, ella que tanto se pierde, que le gusta esa sensación como una forma de rebeldía porque “no encaja con esta sociedad ultraexploradora y ultraperfeccionista”.

Adón es hija de unos padres que decidieron dejar su pueblo e instalarse en los 60 en una de las ciudades dormitorio que rodean Madrid. De ahí que su conocimiento del campo, tan crucial en su trayectoria, provenga de esas raíces que le hicieron pasar allí todos los fines de semana, la fiestas y las vacaciones. “Nunca he tenido un sentimiento fuerte de pertenencia ni a la ciudad ni al pueblo. Sentía que no acababa de ser de ningún sitio y eso es algo muy importante en mi novela. Si el campo tiene un mayor peso, eso es porque el libro está muy vinculado a mi padre, que falleció hace unos años. Esta novela esconde esa pérdida”.  

Pilar Adón: "Me cuesta afrontar la muerte, por eso hago literatura"
Entrevista por Elena Pita (elperiodico.com, 2024)

Nació consciente. Así que ahora se pasa el día dando las gracias. Porque su novela De bestias y aves (Galaxia Gutenberg) ha recibido los premios Nacional de Narrativa, Crítica, Francisco Umbral y Cálamo. Escribía Pilar Adón la historia de una mujer que huye de la presencia de su hermana muerta, cuando de golpe su padre falleció; acto seguido sobrevino el encierro pandémico y le dejó sin tiempo para el duelo. La presencia/ausencia del padre marcó las tintas de su escritura. La historia es pura ficción, rozando el absurdo, pero normal que sea tan demoledora (y premiada).

¿Quién o qué le persigue?
La idea de una casa aislada y rodeada de naturaleza, donde poder estar con mis libros y mis personas próximas.

Esta tan premiada novela, Adón… ¿No está usted impactada por tanto premio?
Estoy agradecida. Me paso el día dando las gracias a los lectores, los críticos, los jurados…

De bestias y aves es la huida desesperada de un duelo. Cuando uno no acepta la pérdida de un ser querido, éste le acompaña incesante en su memoria, porque ahí nadie muere. ¿Por qué conoce usted tan bien este sentimiento, qué pasó?
La novela está dedicada a mi padre, que falleció en septiembre de 2019. Cuando el marzo siguiente nos encerraron, no habíamos tenido tiempo de sellar el duelo. Mi madre, que llevaba junto a él desde niños, se quedó muy sola, y yo no podía si no llevarle la compra, dejarle las bolsas en la puerta y saludarla desde el rellano de la escalera. Yo entonces ya estaba escribiendo esta historia, pero tan brutal duelo me marcó. De cualquier modo, llevo tiempo escribiendo sobre esto, porque de niña heredé el sentimiento de orfandad y pérdida que sufrió mi madre, huérfana desde muy joven.

Su percepción de la finitud, así pues, ¿alcanza allá donde se remonta su memoria?
Sí, y con ella, el sentimiento de pérdida y el pánico de que pudiera pasarle algo a mi madre.

El último Nobel de Literatura, Jon Fosse, al que admira, le dijo en una entrevista: “Quizá la buena literatura tenga algo que ver con aprender a morir”. ¿Lo suscribe?
Me parece demasiado duro. Todavía me cuesta afrontar este asunto de forma directa, por eso hago literatura, por eso he transformado en literatura la muerte de mi padre. El enigma de la ausencia y la presencia sólo puedo abordarlo por la vía literaria.

Se dice que es una escritora de obsesiones fijas, como por ejemplo el encierro: de niña se escondía bajo una mesa para leer y construía un parapeto alrededor. ¿Tenía consciencia de ser diferente, rara?
Me lo hacían sentir los demás, porque no jugaba ni me relacionaba, y era así porque siempre fui muy consciente: el parque y el recreo eran una pérdida de tiempo. Yo quería leer, viajar, conocer gente interesante. Mi abuela paterna decía: “A esta niña parece que no se le mueve la ropa”. Me encerraba porque en casa siempre había mucha gente. En el pueblo, las mujeres, conversando alrededor del fuego. Y en Madrid, hombres que fumaban, bebían whisky y hablaban del sindicato, porque mi padre era sindicalista. Y decían: “¡Esta niña va a ser una buena abogada laboralista!”

¿Otra de sus obsesiones sería el orden o perfeccionismo? ¿Por qué entonces alerta sobre “la literatura demasiado perfecta”, si además considera que el cómo se cuenta importa más que lo que se cuenta?
Quise decir que la literatura ha de parecer espontánea, natural, libre; no se pueden notar las costuras ni el esfuerzo. Pero por otro lado me inspira mucho el afán de superación, la proeza de los deportistas, la perfección de una bailarina como Tamara Rojo, que parece hubiera nacido moviéndose así. Y eso es lo que yo llevo a la literatura. Pero el texto perfecto puede sonar artificial, rígido, cuando ha de ser sutil como el baile de Tamara.

Adón, ¿qué hay debajo del agua?
Cierta protección, porque supone la pérdida de gravedad y de sujeciones, apegos. Es como la ligereza de la misma Tamara Rojo.

En su infancia, cuenta, los hombres rompían el círculo de intimidad de las mujeres, y en De bestias y aves, las mujeres matan al hombre que dice haber construido el mundo. ¿Sigue teniendo la percepción de que el hombre rompe siempre la intimidad femenina?
Ya no. Es cierto que el varón en mis novelas suele ser disruptivo. Los hombres han construido muchas casas y hasta conventos para encerrar a sus mujeres.

Dice también que este libro es un homenaje y un diálogo con Virginia Woolf, en torno a la incomunicación, marcada por su condición andrógina en una sociedad puritana. ¿Qué hay de la suya?
No lo he dicho yo, lo han dicho otros, pero sí, seguramente Virginia Woolf y su Orlando están ahí de manera inconsciente. Es el libro que más he leído en mi vida, y sí, todos tenemos en la imaginación su imagen llegando empapada a casa después de intentar hundirse bajo el agua, hasta que un día se mete piedras en los bolsillos y por fin se hunde. Pero yo de Orlando admiro sobre todo la inteligencia, el hallazgo del personaje, el cómo lo cuenta, y no el hecho en sí de la androginia.

Adón, sus personajes y usted misma viven en un no-lugar, que es el significado etimológico de lo utópico. ¿Sigue buscando su lugar o utopía?
Sí, y lo busco de manera incluso física: un lugar del que pueda decir: “A este sitio pertenezco”; un lugar donde el paisaje y yo nos reconozcamos. Esto es así porque mi familia es de un pueblo de Toledo (la escritora nunca revela ubicaciones ni topónimos exactos, ni de su realidad ni de su ficción; apenas deja intuir que es un lugar fronterizo entre las dos castillas) y, siendo yo pequeña, mis padres se trasladaron a una ciudad dormitorio del sur de Madrid, en la misma carretera que conduce al pueblo, a donde íbamos constantemente, de modo que nunca tuve sensación de pertenencia, no me sentía de ninguno de los dos lugares.

Madrid, siglo XXI, ¿un momento y lugar inapropiados?
No debiera quejarme, pero sí, tal vez por ello mi lugar está siempre en la novela que escribo. Esto me da mucha serenidad: que haya un lugar y unas personas que sé me están esperando.

¿Estudió Derecho por aquello del sindicalismo paterno o fue por cobardía? Porque la pulsión de escribir la tuvo desde muy niña, ¿no es cierto?
No, fue por un descuido: quería hacer Ciencias de la Información y pedían el bachillerato mixto, pero yo era de letras puras. En la última opción puse Derecho, por despiste, y fue lo que me tocó por currículum académico.

¿Le sirvió de algo al margen de pasarse la carrera en la biblioteca de enfrente, en Filología?
Sí, para conocer a Enrique Redel, mi pareja desde los 19 años: juntos fundamos la editorial Impedimenta, compartimos la misma pasión por los libros.

Suena a película perfecta, ¿tienen hijos?
No, yo nunca quise ser madre, es algo de lo que fui consciente desde muy niña: una mujer pobre con un niño en brazos es doblemente pobre. Mira, en mi casa no sobraba el dinero, teníamos una gran conciencia de ahorro. Los libros no llegaban porque sí sino que eran regalos merecidos por las buenas notas, cumpleaños y Reyes, pero mis padres siempre se esforzaron en darme una buena educación, incluso me apuntaron a clases de inglés desde muy pronto. Cuando fui creciendo, me hice más consciente de que si quería dedicarme a algo artístico no podía tener hijos, porque probablemente les haría sufrir. Durante mi década de los 30 me hicieron creer que era una mala persona, una egoísta: soporté mucha presión.

Dígame una cosa, ¿usted es consciente de que el lector lo pasa mal con su narración? ¿Es el esfuerzo que le pide a un público acostumbrado al click?
Siente desazón, que es una forma de pasarlo bien, a través de la inquietud. Es algo que a mí me gusta como lectora y espectadora: aquello que me revuelve y zarandea, como una película de Jane Campion o de Lars von Trier. El lector ha de firmar el pacto ficcional del principio, y a ver hasta dónde llega.


La directora de cine Jane Campion (foto: elconfidencial.com)

¿La misma razón le sirve para “renunciar conscientemente al humor”?
Eso lo ha dicho la crítica pero no es así, no. No renuncio al humor, de ningún modo, aunque el mío sea un poco peculiar y nada fácil.

“Una mañana temprano asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente”, primera frase de Una conflagración imperfecta, de Ambrose Bierce.
Exacto. Yo no renuncio a nada que surja, siempre que no sea artificial.

Pilar Adón nació en Madrid, en 1971. Es autora de los libros de relatos La vida sumergida, El mes más cruel y Viajes inocentes, de las novelas Las efímeras y Las hijas de Sara, y de los poemarios Las órdenes, Mente animal y La hija del cazador. Su última novela, De bestias y aves, ha sido galardonada con el Premio Nacional de Narrativa 2023, el Premio de la Crítica, el Premio Francisco Umbral al Libro del Año y el Premio Cálamo Otra Mirada.

Para saber máis:

Entrevista a Pilar Adón por "De bestias y aves" (RTVE) 

"Pilar Adón, una escritora que empuja al lector hacia el abismo" entrevista en Librújula 

Páxina oficial da autora 

Páxina web de Impedimenta, a editorial fundada por Pilar Adón e Enrique Redel


 

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